
CINECAST – ESCINETV LEO ZELIG y ALEX CENDÓN. Parte II
10 de abril de 2026
UN RECUERDO INOLVIDABLE, septiembre 2001
19 de abril de 2026
Una obra de teatro en la que priva la fuerza de la palabra, muy atractiva por demás, por haber obtenido su autor, Juan Mayorga, el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2022, trata de Santa Teresa de Ávila, la misma Santa Teresa de Jesús fundadora de las Carmelitas Descalzas, figura del santoral católico, mística, escritora, y a la vez polifacética. Esta obra, teatro contemporáneo, usa como tema una historia del Siglo de Oro, en pleno renacimiento español, a la vez son los años de la Reforma. Un reto inmenso, considero, es llevar adelante ese montaje en el escenario teatral venezolano. Valiente su productora ejecutiva Gisela Capellin, de abrir por cuatro días consecutivos la sala del Centro Cultural de Arte Moderno en La Castellana, con capacidad cercana a las ciento cincuenta butacas, su riesgo tuvo mucho éxito. Asistí a la última sesión, la del domingo en la tarde, con sala prácticamente plena.
Las actuaciones maravillosas de Grecia Augusta Colmenares, Teresa de Ávila y de Wilfredo Cisneros, el Inquisidor, nos mantuvieron durante la hora del espectáculo en total atención. Todo fue perfecto. Abre la joven religiosa en un delicado vestido blanco marfil, excelente escogencia de vestuario, apariencia de una doncella angelical y frágil. Desde el primer momento que se escucha su voz responder al arrogante Inquisidor, un torrente fuerte, sonoro, claro y determinado, brota de esa finura humana, nos damos cuenta que estamos ante un personaje, una Teresa, fuera de serie. Con voluntad y determinación arrolladoras lleva adelante todo el espectáculo, donde el Inquisidor, personaje también muy importante y destacado, comienza la obra en una posición de que “aquí estoy yo”, soy el fuerte, el que manda… el hombre frente a una monja frágil termina siendo a lo largo de la pieza doblegado por ella. La demostración de quien fue Teresa de Ávila está en La Lengua a Pedazos. Esa frágil de salud y de físico, pero de determinación y voluntad de hierro, contra todo pronóstico, a sus cuarenta años comienza un cambio de vida y pasa de monja tranquila en el Convento de la Encarnación en Ávila, a fundar una congregación aparte, las Carmelitas Descalzas, y en veinte años llegó a fundar diecisiete Conventos de Descalzas y apoyar la fundación de los Descalzos por toda España.
Muy interesante patentar que la mujer decidida, en todo tiempo y espacio, con una meta por cumplir y con su fuerza interior, derriba barreras y logra sus propósitos. Me voy a permitir venezolanizar esta bella historia. Desde Caracas, durante los años 1944 y en adelante por más de una década, otra monja, poco nombrada pero si muy recordada por quienes la conocimos, la Hermana San Agustín de San Francisco de Asís, franciscana, directora del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe donde me eduqué hasta la graduación de Bachiller, levantó ese inmenso colegio en la Calle Real de Sabana Grande, parroquia El Recreo, y paralelamente fue la fundadora y quien colaboró en el desarrollo de dos Misiones en la Gran Sabana venezolana: Santa Teresita de Kavanayén y Santa Elena de Uairén, para la educación de los niños indígenas pemones; debió levantar dinero y no detenerse nunca. Hace algunos años visité la hermosa edificación en Kavanayén, construido en años en los que no había ni siquiera transporte adecuado para adentrarse en la Gran Sabana. Al igual que Teresa de Ávila, era San Agustín una monja pequeña de estatura, muy delgada, frágil también, pero de voluntad inquebrantable que nació alrededor de 1900. Por tanto, dos mujeres que, a sus cuarenta años, en su madurez, son emprendedoras, usando el vocablo de moda actual para la formación de nuevas empresas con escaso capital y mucha voluntad. Requieren de capital, lo consiguen, enfrentan rechazos, persecuciones, los superan y triunfan, apoyadas en estos dos casos, por el amor a Dios.
Son dos mujeres religiosas, que, sin proponérselo, son dignas representantes del feminismo bien entendido, Ambas se enfrentan a las dificultades y las superan, en los caminos que cada una se determina, sin que nadie las empuje a ello, tienen sus proyectos de vida. No incide en sus realizaciones, el ser hombre o mujer.
Volviendo a La Lengua en Pedazos, al finalizar la obra, la directora Carolina Rincón se dirigió al público. Un año en ensayos, y no es para menos. Textos difíciles, parlamentos largos y complicados, una memoria prodigiosa en ambos actores, permitieron el desarrollo fluido del espectáculo, en el cual hay que valorar también los trabajos de iluminación, de sonido y escenografía, todo magistral en una sala de excelente acústica. En un momento inolvidable, vemos a Teresa sola, de rodillas, su cabeza sobre el asiento de una silla, todo es negro y solo su rostro recibe un halo de luz amarillo-blanquecino, maravilloso y estremecedor, el dramático espectacular momento permanece imborrable.
Ojalá podamos ver de nuevo esta obra y muchas como esta en el teatro venezolano. Felicitaciones a todo este equipo. Y al finalizar nos comunicó Carolina Rincón, que desde España Juan Mayorga estaba siguiendo lo que acá sucedía y ¡la obra quedó grabada! El cine siempre apoya al documento, sería muy doloroso que todo ese esfuerzo se esfumase sin más.